
Son vinos estrictamente personales. Únicos y arriesgados. Son vinos donde, sin presiones comerciales, los enólogos pueden desarrollar toda su destreza y, tal vez, embotellar parte de su alma.
No existe un patrón común. Los llamados vinos de autor están marcados por las filosofías, personalidades, experiencias y recursos de sus creadores. Son vinos estrictamente personales. Algunos enólogos optan por el academicismo y se especializan en un terroir específico. Otros mezclan distintos valles y cepas, e intentan mostrar un carácter diverso, cosmopolita y moderno.
Quizás el único elemento común es que los enólogos no están sujetos a reglas. No tienen que obedecer los gustos de los dueños de las viñas o los designios del mercado. Son absolutamente libres para crear un producto único, limitado e íntimo, y alejarse del fantasma de la estandarización que acecha la oferta mundial de vinos.
A pesar de que algunos enólogos son dueños de viñas, como Alejandro Hernández, Aurelio Montes o Pablo Morandé, los vinos de autor funcionan con otra lógica. No son proyectos ambiciosos. No pelean en el segmento de los vinos masivos. No intentan complacer un supuesto gusto internacional. No hacen peligrar el control del negocio. Son vinos que se hacen por placer, en pequeñas cantidades y que apuntan a un círculo más estrecho, pero no por eso menos exigente: amigos, familiares y consumidores cultos e inquietos.
Sin embargo, estos vinos no siempre fueron libres. Debido a una (in)entendible postura, muchos empresarios vitivinícolas no veían y no ven con muy buenos ojos que sus enólogos se lancen con sus propias producciones. Les preocupa que sus empleados puedan perder el foco, distraerse, marcar demasiada diferencia con sus vinos. Esta postura, empero, huele obsoleta. Hoy la industria chilena se siente más segura de sí misma. Ha comprendido que los emprendimientos personales de sus enólogos pueden aportar valor a sus compañías, proyectando al mundo una imagen más moderna, flexible y donde la búsqueda de autosatisfacción de sus colaboradores no es una mera declaración de principios, sino una realidad.
PURO ROCK SINFÓNICO
Facundo fue concebido en el seno del matrimonio conformado por Constanza Schwaderer, enóloga de Viñedos y Bodegas Córpora, y Felipe García, enólogo de Casas del Bosque. En un comienzo, específicamente durante los dos primeros años, lo hicieron a escondidas, a hurtadillas, pero finalmente decidieron explicitar el fruto de su amor por el vino a través de una concurrida y feliz presentación en sociedad.
- ¿Y fue un parto natural o una cesárea? –le pregunto a Constanza.
- El proceso fue súper natural. Fácil. Lo más complicado fue elegir el nombre, la etiqueta, la cápsula.
Pensaban bautizarlo Láscar, como el volcán que vigila el poblado de San Pedro de Atacama, pues en ese lugar disfrutaron de sus primeras vacaciones en pareja. Incluso la hermana de Constanza les regaló dos perros y uno de ellos responde a ese nombre. Sin embargo, no fue posible inscribirlo y debieron pensar en otra cosa.
“Buscamos y buscamos y llegamos a la conclusión de que las marcas reconocidas en el mundo llevan un solo nombre. Pensábamos en una sola palabra, pero no la encontrábamos, no nos poníamos de acuerdo”, cuenta la enóloga.
Constanza esperaba nuevamente un hijo. A los seis meses, el médico les comunicó que existía un 80% de posibilidades de que fuera un niñito. Felipe estaba feliz porque dejaría de ser chancletero. Ya soñaba con un hijo rockero que se sentara sobre sus hombros durante los recitales. Pero tampoco se ponían de acuerdo con el nombre. Él insistía en Facundo, pero ella pensaba que sonaba muy argentino. Finalmente fue niñita y el destino fue el encargado de bautizar el vino.
Las cosas fueron muy diferentes a la hora de diseñar el vino. Todo fluyó en forma muy natural. La pareja no quiso amarrarse a una zona específica y, como Felipe venía de viña Calina en el Maule, conocía a muchos productores que cortaban uvas muy interesantes y colmadas de historia. Fue así como se decidieron por el Carignan y Cabernet franc de Loncomilla, acompañado de un Cabernet sauvignon proveniente de unas parras muy viejas de Itata y Petit verdot de Lolol.
“Nos gustaban los vinos de la VII Región. La uva es buena, madura, pero fresca, con pHs muy bajos. No tiene un Cabernet típico, sino uno con más personalidad y que nos identifica más como enólogos, reflejando zonas de tradición y cepas con distintos caracteres. Definitivamente Facundo es un vino al gusto nuestro”, dice Constanza.
- ¿Y es un vino rockero, como Felipe?
- Rockero, pero fino, como Freddy Mercury.
LA FUERZA DEL ORIGEN
Mientras trabajaba en Veramonte, el enólogo Rafael Tirado, sigilosamente, plantaba 18 hectáreas a orillas del lago Colbún (6 de Sauvignon blanc, 3 de Cabernet sauvignon, 1 de Merlot, además de un poco de Syrah, Pinot noir, Riesling y Petit verdot). Enclavado en plena precordillera, a 600 metros sobre el nivel del mar, este viñedo comenzaba poco a poco a develar los secretos que escondía esta novel zona vitivinícola.
Con la influencia de la montaña, en Colbún no irrumpe la neblina ni la botritis. Es un clima seco. De cielos despejados, completamente abiertos, con una luminosidad muy alta. Las parras, por lo tanto, se mantienen muy activas hasta la vendimia, reflejando el gran potencial de estos lomajes coluviales constituidos de maicillo, arcilla y, en la quebrada donde está plantado el Sauvignon blanc, de un limo muy negro, frío y profundo.
La primera producción fue en ’96, pero definitivamente la cosecha de la temporada siguiente terminó por convencer al enólogo. “Creo mucho más en la precordillera que en la costa. El frío en las noches es muy importante porque concentra más los vinos y desarrolla una paleta más amplia de aromas. En Colbún tenemos una amplitud térmica durante el verano que va desde los 10° C a 26° a 28° C”, sostiene.
No es fácil explicar que tan amplio espectro de cepas pueda alcanzar altos niveles de calidad en una misma zona, pero Rafael juega mucho con las distintas exposiciones y suelos. A pesar de que produce un impresionante Cabernet sauvignon, el Sauvignon blanc no tiene nada que envidiarle a los representantes costeros. Incluso lo cosecha más tarde de lo que acostumbraba en Casablanca, a veces con pHs bajo 3,0 y con una acidez muy potente. Sin duda son vinos para guardar.
Embotelladas bajo la marca Ribera del Lago, las cepas se vinifican en el mismo lugar, en una pequeña bodega que cuenta con unos pocos tanques de acero que, por las condiciones climáticas, no necesitan un sistema de refrigeración. “Es la primera bodega por gravedad que se hizo en Chile”, asegura el enólogo.
Los vinos los cría en barricas de segundo o tercer uso por un tema presupuestario. “Son las que bota mi hermano (Enrique Tirado, enólogo de Don Melchor)”, se ríe. “Este campo lo compramos a medias con mi suegro. Es un proyecto absolutamente familiar. Que de un hobby pasó a una cosa más seria”.
EL LOCO DEL ACONCAGUA
El californiano Ed Flaherty aterrizó violentamente en las populares poblaciones de Puente Alto y La Pintana. Sin embargo, cuando trabajó en Aconcagua, principalmente a cargo de las líneas premium de Errázuriz, no sólo se hizo conocido como enólogo en Chile, sino que descubrió el terroir perfecto para asentar a su familia. De San Felipe no lo mueve nadie. No pudieron hacerlo cuando fue contratado como enólogo de Vía Wines en San Rafael. Tampoco ahora que dirige el equipo enológico de Tarapacá en Isla de Maipo.
En Aconcagua también produce el más personal de sus vinos: Flaherty.
“Lo vinificamos en mi casa. Recibimos la fruta de la viña Manzur y aquí la prensamos y fermentamos en bins en el mismo estacionamiento de mi casa. Eso sí, embotellamos en la viña San Esteban. Así nos ahorramos un dolor de cabeza. Trabajo de barrica a barrica. Mi idea es hacer siempre las cosas en la casa”, explica.
Flaherty es un ensamblaje tinto de Aconcagua. “No son los vinos más frescos, pero es un estilo. La idea es mostrar cada zona como una mezcla”, explica. En su primera producción en 2004 dominaba el Cabernet sauvignon, pero con el paso de los años fue ganando cada vez más protagonismo el Syrah. Hoy incluso quiere que el Tempranillo plantado en el jardín de su casa, una cepa que lo sedujo completamente durante su estadía en España y Argentina, se convierta en un actor importante.
En 2006 produjo 250 cajas, pero el año pasado ya llegó a 500. “No estamos apurados. Estamos buscando campos, caminando viñas… En Tarapacá no soy un enólogo del día a día. Tengo otro perfil. Con mi vino, en cambio, me ensucio las manos. Es un tipo de terapia para mí”, dice el enólogo.
Esta mezcla donde manda el Syrah sin duda es un vino único. “Puedes controlar mucho más las cosas, pero el vino siempre es el vino. Es como mi hijo. Aunque quieras, no puedes cambiarlo. En las grandes empresas tienes más opciones. Sólo en Tarapacá, por ejemplo, molemos 10 millones de kilos”, sostiene.
Flaherty no tiene un gran plan de negocios. Dice que exportará a Brasil y Rumania. ¿Por qué? Porque simplemente producen mucho más de lo que son capaces de beber. Hace poco compró un campo de 14 hectáreas al sur de Cauquenes. Allí quiere plantar Tempranillo. “Me gustan mucho los vinos de España”, confiesa. Además produce 100 cajas de un vino orgánico del Limarí junto a su compatriota Jim Pryor, quien a los 65 años decidió emprender su aventura vitivinícola en el norte de Chile.
-Parece una locura…
-Ese gringo es más loco que yo –se ríe.
LOS 4 MOSQUETEROS
Sigla no es un vino personal, sino reúne distintos caracteres. En la zona de El Escorial, en el Alto Maipo, esta mezcla tinta nace del consenso de cuatro jóvenes enólogos: Cecilia Guzmán de Haras de Pirque, Germán Lyon de Pérez Cruz, José Pablo Martin de Viña Tamaya y Pierre Viala de Big Tattoo.
- ¿Costó mucho que se pusieran de acuerdo en el vino que querían?
- Es mucho más simple de lo que pensábamos en un comienzo. Sólo dejamos expresar las uvas, sin mucha intervención. Es un vino muy minimalista –dice Germán Lyon.
De acuerdo al enólogo de Pérez Cruz, siempre van a existir diferencias de criterio. “Algunos buscan más potencia. Otros, más fineza. No queda otra que ser humilde y pensar en el gusto de los cuatro”, explica.
Quizás lo más complicado fue dar con el nombre. Pensaron en muchas combinaciones, esas típicas construcciones verbales que se hacen con las sílabas de los socios que, en la mayoría de los casos, suenan absolutamente forzadas. ¿Ce-Ge-Jo-Pie? ¿Pie-Ge-Jo-Ce? ¿Por qué no ponerle Sigla, mejor?
Sigla, que ya debutó con su segunda entrega, es un vino 100% de lugar. Según Germán, las cepas pasan a ser irrelevantes. “Se notan claramente las notas del Maipo. Ése es el concepto que hemos querido trabajar. Todos nosotros creemos mucho en el barrio”, explica.
El vino nace específicamente del campo del agrónomo Andrés Urrutia (Cecilia Guzmán le compró un pedacito). Un viñedo que se planta en una punta de transición coluvial-aluvial con un 80% de piedras en el perfil. Un suelo muy pobre que potencia las distintas personalidades de sus componentes de mezcla.
Sigla 2 es una mezcla de Cabernet sauvignon, Cabernet franc, Petit verdot y Syrah proveniente de parras aún muy jóvenes, briosas, que todavía tienen mucho que entregar. El enólogo admite que quizás por su juventud el vino está un poco pasado de revoluciones y, tal vez, en el futuro le gustaría redondearlo con un poco de Carmenère. Sin embargo, el criterio común es dejar que la fruta se exprese con entera libertad.
“Hay que ponerle un poco de mano de obra. Para mí, impera lo rústico, pero no me aburre, porque el vino es fresco, no es empalagoso. Creo que en Chile existen muchos vinos muy parecidos entre sí, pero el nuestro se desmarca absolutamente de la oferta chilena. Es un vino con identidad”, afirma.
-¿Y traicionarán algún día su origen?
-La idea es no salir de Alto Maipo, pero nunca digas nunca.
RONDA DE NIÑOS
Luego de su salida del grupo San Pedro, donde estaba preocupada desde la elaboración del popular Gato hasta el sofisticado Cabo de Hornos, la enóloga Irene Paiva terminó por independizarse. Junto a sus asesorías a viñas como Santa Ema, Vistamar (perteneciente al grupo Morandé) y la sureña Korta, se atrevió a hacer un vino a su gusto, a pequeña escala, y dejar atrás las presiones comerciales que recibía a diario como subgerente enológica de este gigante vitivinícola controlado por el grupo Luksic.
En sus años en San Pedro, la enóloga se mantuvo siempre detrás de las marcas de San Pedro, casi anónimamente, sin identificarse por una línea o vino en particular. Sólo a través de las controladas producciones de Cabo de Hornos, seguramente su vino más querido, emergía parte de su personalidad. Un Cabernet sauvignon de movimientos gráciles, elegantes y que denotaban la preocupación por una fruta que, sin ocultar su origen, se dejaba llevar por las características de las añadas no sin cierta fragilidad.
Con I Latina, un vino que expresa libertad y alegría, Irene salda una deuda que tenía con ella misma.
Esta vez la enóloga se inclina por el Syrah, rompiendo de alguna manera con su pasado. Aunque la cepa recién fue introducida en Chile a finales de la década del 90, la enóloga sostiene que es más fácil encontrar Syrah que Cabernet sauvignon buenos, porque es un cepa muy dúctil y que en su mayoría está plantada donde corresponde.
“Me encanta el Syrah. Es atractivo. Decidor y expresivo. Te habla. Te dice hartas cosas. Lo pruebas y te encuentras con muchos descriptores”, afirma la autora.
La materia prima de su vino, que compra a un productor de Peumo en el valle del Cachapoal, es fermentado en cubas de acero en viñas establecidas, pero guardado cuidadosamente en barricas en una pequeña casa de adobe que se ubica tan sólo a una cuadra de su casa en Curicó.
“Es una bodega-casa. Con lámparas y muebles. Las barricas las tengo súper bien cuidadas. Cada vez que puedo las voy a ver y mis niños me acompañan. I Latina es un vino que se hace con mucho cariño”, dice.
En total produce 30 mil litros. La mayor parte del vino lo vende a granel, mientras que el resto lo embotella para sus amigos y consumidores curiosos que aprecien un producto hecho a escala humana. Son 1.796 botellas, de las cuales hoy sólo abraza un par.
“Ha gustado la frescura del vino. Es parte de lo que quisiera lograr. Los vinos con más fruta, más naturales, te hablan más. Es importante mantener la identidad. Hacer vinos limpios. Netos. Con la madera más integrada.
- ¿Y te identificas con tu vino? ¿Refleja de alguna manera tu personalidad?
- Me identifico plenamente porque lo he hecho con toda la libertad del mundo. Elegí el lugar, la composición, las barricas. Es súper mío.
FACUNDO 2006
Esta mezcla de valles y cepajes tintos tiene una gran personalidad. Su nariz es entretenida. Multidimensional. Nos transporta a parajes agrestes, donde crecen murtillas, hierbas buenas y violetas. También se sienten notas de cedro, almizcle y tonos animales muy sutiles. Es jugoso y de una muy buena estructura. De taninos firmes que pueden suavizarse en botella. Un vino con una gran capacidad de guarda.
RIBERA DEL LAGO CABERNET SAUVIGNON 1997
Este Cabernet sauvignon impresiona por su fruta vital y sugerente. A ciegas realmente es imposible dar con su añada. Notas de grosellas, moras y duraznos. Notas lácticas, de regaliz y de una madera muy bien ensamblada. En boca es fresco, vivo y con taninos que tienen tiempo y espacio para que el vino gane aún más en elegancia y complejidad.
RIBERA DEL LAGO CABERNET SAUVIGNON – MERLOT 2007
Estamos ante una muestra de barrica que ensambla Cabernet sauvignon y Merlot. Es de un rojo rubí oscuro como una noche sin estrellas. Bajo una madera aún muy presente, asoma una fruta fresca y cándida. Notas de grosellas, duraznos, fresas y berros. También cacao, cedro y granos de café. Un vino fresco, grácil, con unos taninos aún nerviosos, pero que evolucionarán muy bien en botella.
RIBERA DEL LAGO SAUVIGNON BLANC 2007
Un Sauvignon blanc amarillo con reflejos de oro. Notas de durazno, chirimoya y fruta de la pasión. Lima, pasto recién cortado y cedrón. En boca se refuerza su carácter cítrico, reflejando su notable acidez. Es un vino rico y balanceado en aromas, fresco y de una muy buena estructura.
FLAHERTY 2006
Un Syrah-Cabernet sauvignon de color rubí brillante y fino. Su nariz es densa. Aparecen tonos cárnicos y una fruta negra de gran profundidad. Notas de arándano, caramelo, leche de coco y almendras tostadas. Aunque su barrica está aún muy presente, se siente jugoso y con taninos bien trabajados. Es sobrio y amable. Muy fácil de tomar.
SIGLA 2
Esta mezcla tinta luce un color rubí profundo y elegante. Su nariz es femenina, intensa y graciosa. Notas de frambuesas, grosellas, cassis, cerezas, damascos, cedro y grafito en el fondo. Sus aromas son tan potentes que compiten entre sí, provocando algo de desconcierto. Posee una buena estructura y profundidad, pero con taninos algo secantes que acusan la juventud de sus parras.
I LATINA 2007
Este Syrah de Peumo cuenta con un 3% de Cabernet sauvignon del Maipo que le aporta peso y profundidad aromática. Aún está algo cerrado. Es necesario agitar bien la copa para que emerja una fruta negra, algo polvorienta y con sutiles notas animales. Aromas de cassis y violetas. Chocolate y coco. Cuero fresco y un leve tostado. En boca se siente el peso de la barrica y un cuerpo firme pero atlético.









[...] Yves Pouzet; Gillmore con su línea Hacedor de Mundos y los estrenos de Cobre y el rosé Mariposa; Flaherty con su cabernet y una mezcla de cabernet y tempranillo; Arnaud Hereu y Hereu que es carignan, [...]
pq no hay frutas com “I latina”