En los últimos años, los vinos chilenos han logrado una gran consistencia en los segmentos más altos de precio. La mayoría de las viñas chilenas cuenta con un ícono en su portafolio. Vinos que están dejando de ser voladores de luces para convertirse en una realidad basada en el potencial de sus distintos terroir y en un manejo lleno de sutilezas.
¿Sabía Concha y Toro hace ya más de dos décadas que Don Melchor no sólo se convertiría en un vino clásico, sino además en el primer ícono de la vitivinicultura chilena, en todo un referente para una joven industria que requería y aún requiere posicionar sus productos en niveles superiores de precio?
Presumo que sí.
Lo cierto es que Don Melchor 1986, aquel elegante Cabernet Sauvignon que nace de las costillas de Pirque, marcó un camino inexorable en la búsqueda de nuevos umbrales de calidad. Es un vino emblemático para la compañía y también para la industria nacional. Demostró que es posible elaborar vinos de clase mundial, pero además definió una exitosa estrategia basada en el desarrollo de marcas premium que ha elevado el valor de las exportaciones y empujado con fuerza el carro de los volúmenes.
Gracias a la exitosa experiencia de Concha y Toro, la mayoría de las viñas chilenas decidió emprender un camino similar y diseñar sus propios íconos: vinos que se ubican en lo más alto del portafolio, que de alguna forma resumen la filosofía de la empresa, y cuyos precios hoy se elevan por sobre los US$ 100 por botella.
“Sí, son difíciles de mover, pero potencian la imagen de la viña”, me decía un viñatero hace ya ocho años.
El problema es que Chile no poseía una reputación como productor de vinos de clase mundial, pues sus esfuerzos, en especial con el boom del vino chileno en los 90, se posicionaron en segmentos de precio mucho más bajos. La fuerza de venta no estaba concentrada en vinos extraordinarios, sino en price / values.
Por otro lado, muchas viñas se apresuraron en lanzar estos portaestandartes, sin tener muchas veces las uvas y el conocimiento para producirlos. Para qué vamos a andar con cuentos. Algunas veces pesaban más los envases que el contenido. Tuvieron que pasar algunos años para recomponer esta imagen, cuando irrumpieron en escena los Seña, Caballo Loco, Clos Apalta, Altaïr y Lota.
Hubo algunos puntos de inflexión que terminaron por convencer al mercado que Chile sí podía competir en este exclusivo segmento. Las llamadas Catas de Berlín organizadas por Eduardo Chadwick, presidente del grupo Errázuriz, donde sus vinos hasta el día de hoy siguen obteniendo muy buenos resultados frente a los grandes íconos franceses e italianos; los 97 puntos obtenidos en The Wine Advocate por Carmín de Peumo con su cosecha de estreno; y el primer lugar de Clos de Apalta 2005 en el listado anual de Wine Spectator.
Actualmente, esa larga y a veces surrealista escalera de los 100 puntos, parece mucho más abordable. Ya no es una ilusión, un acto suicida, un coito interrumpido. Los viñateros saben que la búsqueda de nuevos umbrales cualitativos es una necesidad permanente, pero también han internalizado que deben subir los peldaños uno por uno, diseñando no sólo atractivos conceptos de marca, sino vinos con carácter e identidad, sustentados en criterios técnicos y en un trabajo exhaustivo y a largo plazo.
¿VINOS DE TERROIR?
No existe una receta única para producir un vino ícono. Cada bodega posee su propia filosofía. Los hay con un fuerte sentido de origen. Vinos de terroir en el más amplio sentido de la palabra, provenientes de una selección de un cuartel específico con características notables. Pero también hay mezclas de distintos valles. Vinos que nacen más en la bodega que en el viñedo, donde el talento del enólogo juega un papel crucial al ensamblar los distintos lotes para producir un vino mejor o más completo.
Pero, si me dejan opinar, pienso que los verdaderos íconos no sólo deben ser vinos de calidad superior, sino además representar un origen, una cultura, una tradición, una forma de hacer las cosas que perdure en el tiempo. Tienen que ser vinos de carácter. Con una personalidad única y distintiva. Vinos con historia y consistencia. Honestos y susceptibles a los humores de las añadas. Vinos donde la fruta esté por delante del ego del productor. Humildes en su grandeza. Vinos que no necesiten grandes cuentos de marketing, sino que hablen por sí solos.
No es casualidad que la gran mayoría de los íconos chilenos tenga como base el Cabernet Sauvignon. Es lejos la cepa más plantada con casi de 40 mil hectáreas. Y la con más prestigio e historia. Es una variedad que desde un comienzo, cuando fue introducida a finales del siglo XIX, se ha adaptado con asombrosa naturalidad en estos suelos aluvio-coluviales, madurando con parsimonia gracias a un clima cálido y benigno, pero marcado por la fresca influencia de las frías brisas cordilleranas. Tampoco es casualidad, entonces, que algunos de los más reconocidos y validados íconos chilenos provengan del llamado Alto Maipo, cuna de Don Melchor, Viñedo Chadwick, Almaviva, Domus Áurea, Lota, Santa Rita Reserva Especial, por nombrar sólo a algunos.
EL MAPA SE EXTIENDE
Pero, ¿puede Chile producir íconos en distintos valles y con otras composiciones que no sean en base a Cabernet Sauvignon? Claro que sí. Ya lo han demostrado Casa Lapostolle y su mezcla tinta en base a Carmenère Clos Apalta; Altaïr y su mezcla tinta del mismo nombre de Alto Cachapoal; Errázuriz y La Cumbre Syrah de Aconcagua; Montes y Folly Syrah de Apalta; Miguel Torres y Manso de Velasco de Curicó; Undurraga y su mezcla tinta Altazor de Talagante y Los Morros; MontGras y Ninquén de Colchagua; Viu Manent y Viu 1 Malbec de Colchagua; y tantos otros.
Todos estos vinos, algunos más consolidados que otros, algunos menos íconos que otros, representan una gran diversidad y el potencial de Chile para producir productos de altos niveles de calidad y de distintas variedades y orígenes. Poco a poco el país vitivinícola se extiende y diversifica. Poco a poco está menos dependiente del Cabernet Sauvignon. Poco a poco va mostrando una calidad creciente y multifacética. Poco a poco demuestra que puede competir con excelentes armas en todos los niveles de precio.
Gracias al descubrimiento de nuevas zonas vitivinícolas, y la profundización en estudios de suelos y agroclimáticos, los distintos valles de Chile se están especializando y mostrando sus mejores cartas al mundo.
En Elqui seguramente nacerán íconos en base a delicados y florales Syrah; en Limarí, el Chardonnay brilla a gran altura y nos regala algunos de los mejores vinos chilenos de la variedad; Aconcagua sigue demostrando su poderío con el Cabernet Sauvignon y sus exuberantes Syrah; Casablanca y San Antonio seducen con el asombroso nivel de sus Sauvignon Blanc, poniendo sobre la mesa algunos representantes más ambiciosos y con alto potencial de guarda; Maipo sigue siendo la cuna de los grandes Cabernet Sauvignon, pero se abre a otras cepas como Syrah y Carmenère; Cachapoal deslumbra con algunos de los más notables Carmenère y en sus zonas más altas con el Cabernet Sauvignon y el Syrah; Colchagua demuestra su consistencia con el Carmenère, pero también produce excelentes Syrah y Malbec; Curicó sorprende con sus jugosos Cabernet Sauvignon y Carmenère; y Maule con algunos logrados Cabernet Sauvignon y con preciosos Carignan provenientes del secano interior.
Esta creciente especialización de la vitivinicultura chilena nos habla de una etapa de madurez de la industria. Y la madurez tiene una estricta y directa relación con la producción de íconos. Estos vinos no nacen en las oficinas comerciales, como algunos todavía piensan, sino son el resultado de un largo proceso de profundización de los conocimientos sobre un terroir específico y de características únicas e irrepetibles. De estudios de suelo. De un manejo del viñedo al detalle. De una vinificación delicada y respetuosa de la fruta. De una serie de factores técnicos y culturales que moldean la personalidad de estos vinos y los validan en el tiempo.
Los íconos chilenos están dejando de ser un mero ejercicio de marketing para convertirse en una realidad… Una realidad cada vez más consistente y populosa.
Algunos de los vinos más caros de Chile
$ 120.000 Von Siebenthal Tatay de Cristóbal (Carmenère, Aconcagua)
$ 110.000 Casa Lapostolle Borobo (Mezcla tinta, Casablanca)
$ 100.000 Concha y Toro Carmín de Peumo (Carmenère, Cachapoal)
$ 100.000 Casa Lapostolle Clos de Apalta (Mezcla tinta, Colchagua)
$ 85.000 Almaviva (Mezcla tinta, Maipo)
$ 69.900 Montes Alpha M (Cabernet Sauvignon, Colchagua)
$ 69.000 Casa Silva Altura (Cabernet Sauvignon, Colchagua)
$ 69.000 Montes Folly (Syrah, Colchagua)
$ 69.000 Caliterra Cénit (Malbec, Colchagua)
$ 69.000 Errázuriz Kai (Carmenère, Aconcagua)
$ 65.000 Altaïr (Mezcla tinta, Cachapoal)
$ 59.500 Cousiño Macul Lota (Cabernet Sauvignon, Maipo)
$ 65.000 La Rosa Ossa 6a Generación La Rosa (Mezcla tinta, Cachapoal)
$ 54.990 Concha y Toro Don Melchor (Cabernet Sauvignon, Maipo)
$ 53.000 Botalcura Cayao (Mezcla tinta, Maule)
$ 52.000 Hacienda Araucano Alka (Carmenère, Colchagua)
$ 52.000 Quebrada de Macul Domus Áurea (Cabernet Sauvignon, Maipo)
$ 48.500 Viñedos Emiliana Gê (Mezcla tinta, Colchagua)
$ 45.999 Valdivieso Caballo Loco (Mezcla tinta, Curicó)
$ 45.000 Haras de Pirque Albis (Mezcla tinta, Maipo)
$ 45.000 Viu Manent Viu 1 (Malbec, Colchagua)
$ 45.000 Château Los Boldos Grand Cru (Cabernet Sauvignon, Cachapoal)
$ 44.900 Santa Rita Casa Real (Cabernet Sauvignon, Maipo)
$ 44.900 Carmen Gold (Cabernet Sauvignon, Maipo)
$ 42.000 Los Vascos Le Dix (Cabernet Sauvignon, Maipo)
$ 42.000 Undurraga Altazor (Mezcla tinta, Maipo)
$ 42.000 Santa Ema Rivalta (Mezcla tinta, Maipo)
$ 41.000 Antiyal (Mezcla tinta, Maipo)
$ 39.000 Neyén de Apalta (Mezcla tinta, Colchagua)
$ 38.500 El Principal (Mezcla tinta, Maipo)
Fuente: El Mundo del Vino, La Vinoteca y La Cav.








